LOS DE ABAJO

LOS DE ABAJO
Mariano Azuela
(fragmento)
Entre las malezas de la sierra durmieron los veinticinco hombres de Demetrio Macías, hasta que la señal del cuerno nos hizo despertar. Pancracio la daba de lo alto de un risco de la montaña.
―¡Ora sí, muchachos; pónganse changos! ―dijo Anastasio Montañés, reconociendo los muelles de su rifle.
Pero transcurrió una hora sin que se oyera más el canto de las cigarras en el herbazal y el croar de las ranas en los baches.
―¡Ora! ―ordenó con voz apagada.
Veintiún hombres dispararon a un tiempo y otros tantos federales cayeron de sus caballos.
Los demás, sorprendidos, permanecían inmóviles, como bajorrelieves de las peñas.
Una nueva descarga y otros veintiún hombres rodaron de roca en roca, con cráneo abierto.
―¡Salgan bandidos!… ¡Muertos de hambre!
―¡Mueran los ladrones nixtamaleros!…
―¡Mueran los comevacas!…
Los federales gritaban y los enemigos, que ocultos, quietos y callados, se contentaban con seguir haciendo gala de una puntería que ya los había hecho famosos.
―¡Mira, Pancracio! ―dijo el Meco, un individuo que sólo en los ojos y en los dientes tenía algo de blanco―; ésta es para el que va a pasar detrás de aquel pitayo… ¡Hijo de…!
¡Toma!…
―Yo voy a darle una bañada al que va orita, por el filo de la vereda… Si no llegas al río,
mocho infeliz, no quedas lejos… ¿Qué tal?… ¿lo viste?…
―¡Hombre, Anastasio; no seas malo!… empréstame tu carabina… ¡Ándale, un tiro no
más!…
El Manteca, la Codorniz y los demás que no tenían armas las solicitaban; pedían como
una gracia suprema que les dejaran hacer un tiro siquiera.
―¡Asómense si son tan hombres!
Entonces comenzó la lluvia de proyectiles sobre la gente de Demetrio.
―¡Huy! ¡Huy! Parece que me echaron un panal de moscos en la cabeza ―dijo Anastasio
Montañés, ya tendido entre las rocas y sin atreverse a levantar los ojos.
―¡Codorniz, jijo de un…! ¡Ora adonde les dije! ―rugió Demetrio.
Y, arrastrándose, tomaron nuevas posiciones. Los federales comenzaron a gritar su triunfo y hacían cesar el fuego cuando una nueva granizada de balas los desconcertó.
―A los de abajo… A los de abajo ―exclamó Demetrio, tendiendo su treinta hilo cristalino del río.
Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a cada nuevo disparo. ―¡A los de abajo!… ¡A los de abajo! ―siguió gritando, encolerizado.
Los compañeros se prestaban ahora sus armas y haciendo blancos cruzaban sendas
apuestas.
―Mi cinturón de cuero si no le pego en la cabeza al del caballo prieto. Préstame tu rifle,
Meco…
―Veinte tiros de máuser y media vara de chorizo porque me dejes tumbar al de la potranca mora… Bueno… ¡Ahora!… ¿Viste que salto dio?…
¡Como venado!…
―¡No corran, mochos!… Vengan a conocer a su padre Demetrio Macías…
Demetrio siguió tirando y advirtiendo del grave peligro a los otros; pero éstos no repararon en su voz desesperada sino hasta que sintieron el chicoteo de las balas por uno de los flancos.
―¡Ya me quemaron! ―gritó Demetrio, y rechinó los dientes―. ¡Hijos de…!
Y con prontitud se dejó resbalar hacia un barranco.

fuente: http://espanol50.wordpress.com/2012/03/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s