LA TIGRESA

Este es  un cuento de B. Traven, un excelente autor de libros de la Revolucion Mexicana, y se encuentra en el libro “Canasta de cuentos Mexicanos”. Cuando yo lo lei nada sabia de BDSM, pero me subyugo, y hasta ahora sè porque.  Luisa es una mujer voluntariosa y autoritaria que se subleva a el dominio masculino en un mundo machista como es Mexico, pero se le pasa un poco la mano y se topa con la horma de su zapato en un hombre aparentemente apacible. Estos son unos extractos:

“Luisa disfrutaba de la vida como mejor le gustaba, Amaba los caballos y era una experta amazona siempre dispuesta a jugar carreras o a competir con cualquier persona que se atreviera a retarla. Raras veces perdía, pero cuando esto sucedía, el ganador que conociera bien su carácter y estimara en algo el bienestar propio, trataría de quitarse rápidamente de su alcance, pues aunado a las ventajas antedichas, iba una arbitraria e indómita naturaleza. A pesar de su mal genio, los pretendientes revoloteaban a su alrededor como las abejas sobre un plato lleno de miel. Pero ninguno, no importa que tan necesitado se encontrara de dinero, o que tan ansioso estuviera de compartir su cama con ella, se arriesgaba a proponerle un compromiso formal antes de pensarlo detenidamente. Sin embargo, donde hay tanto dinero a la par con tanta belleza, cualquiera esta dispuesto a aceptar ciertos inconvenientes que toda ganga trae consigo.”

“El significado de la palabra ―obediencia‖ no existía para ella. Nunca obedeció, pero también hay que aclarar que nunca alguien se preocupo en que lo hiciera.”

“Para dar una idea mas precisa de su carácter, había que agregar la ligereza con que se enfurecía y hacia explosión por el motivo mas insignificante y baladí. Las muchachas indígenas de la servidumbre y los jóvenes aprendices en la talabartería de su padre solían correr y esconderse por horas enteras cuando Luisa tenía uno de sus ataques temperamentales. Hasta sus mismos padres se retiraban a sus habitaciones y aparecían cuando calculaban que ya se le había pasado el mal humor.”

“Con todo, había en Luisa algunas cualidades que atenuaban un poco sus tremendas fallas. Entre otras, poseía la de ser generosa y liberal. Y una persona que no puede ver a un semejante morir de hambre y que esta siempre dispuesta a regalar un peso o quizá un par de zapatos viejos o un vestido, que, aunque usado, todavía esta presentable, o alguna ropa interior o hasta una caja de música cuya melodía ya ha fastidiado, para aliviar la urgente necesidad del prójimo o alegrarle en algo la existencia, siempre es perdonada.”

“Sucedió en ese mismo estado de Michoacán vivía un hombre que hacia honor a su bueno y honrado, aunque sencillo nombre de Juvencio Cosío. Juvencio tenía un buen rancho no muy lejos de la ciudad donde vivía Luisa. A caballo, estaba a una hora de distancia. El no era precisamente rico, pero si bastante acomodado, pues sabia explotar provechosamente su rancho y sacarle pingues utilidades. Tenía unos treintaicinco anos de edad, era de constitución fuerte, estatura normal, ni bien ni mal parecido… Bueno, uno de esos hombres que no sobresalen por algo especial y que aparentemente no han destacado rompiendo marcas mundiales en los deportes. Permanecerá en el misterio el hecho de si el había oído hablar antes de Luisa o no. Cuando después frecuentemente se lo preguntaban sus amigos, el siempre contestaba: —No. Lo más probable es que nadie le previno acerca de ella.”

“A la semana de estar comprometidos, Juvencio platicaba una mañana con Luisa en la tienda. La conversación giro sobre sillas de montar, y Juvencio dijo: —Pues mira, Licha; a pesar de que tienes una talabartería, la verdad es que no sabes mucho de eso. Esta declaración de Juvencio había sido provocada por Luisa ante su insistencia en que cierto cuero era mejor y de más valor. El no quería darle la razón, porque iba en contra de sus principios mentir nada más por ceder. Como buen ranchero sabía por experiencia cual piel tenía más durabilidad, resistencia y calidad. Luisa se puso furiosa y grito: —¡Desde que nací he vivido entre sillas, correas y guarniciones, y ahora me vienes a decir tu en mi cara que yo no conozco de pieles! —Sí, eso dije, por que esa es mi opinión sincera —contestó Juvencio calmadamente. —¡Mira! No te pienses ni por un segundo que me puedes ordenar, ni ahorita, un cuando estemos casados, que pensándolo bien, no creo que loe estaremos. A mi nadie me va a mandar, y más vale que lo sepas de una vez, para que te largues de aquí y no te aparezcas más, si no quieres que te aviente con algo y te mande al hospital a recapacitar tus necedades. —Está bien, está bien. Como tu quieras —dijo el. Al salir Juvencio, ella aventó violentamente la puerta tras el. Después corrió a su casa.

—Bueno, de ese salvaje ya me libere —dijo a su tía—. ¡Imaginate; pensaba que me podía hablar así como así, a mi! Al cabo yo no necesito de ningún hombre. De todos modos el seria el ultimo con quien yo me casara. Ni la abuela ni la tía comentaron más el asunto, pues no era novedad para ellas. Ni siquiera suspiraron. En realidad a ellas tampoco les importaba si Luisa se casaba o no. Sabían perfectamente que de todos modos haría lo que se le antojara. Pero, por lo visto, Juvencio pensaba distinto. No se retiro como habían hecho todos los anteriores pretendientes después de un encuentro de estos. No, a los cuatro días reapareció por la tienda, y Luisa se sorprendió al verlo cara a cara en el mostrador. Parecía haber olvidado que ella lo había corrido y que entraba a la tienda más bien como por costumbre.”

“Por unos cuantos días, todo marcho bien. Pero una tarde ella sostenía que una vaca puede dar leche antes de haber tenido becerro. Afirmaba haber aprendido esto en el colegio de los Estados Unidos. Por lo que el contesto: —Escucha, Licha; si aprendiste eso en una escuela gringa, entonces los maestros de esa escuela no son más que unos asnos estúpidos, y si todo lo que aprendiste allá son por el estilo, entonces tú educación deja mucho que desear. —¿Quieres decir que tu sabes mas que esos profesores; tú, tú, campesino? —A lo mejor —replicó el riendo—. Justamente por que soy un campesino, sé que una vaca, hasta no haber tenido crío no puede dar leche. —Después añadió burlonamente-: De donde no hay leche, no puedes sacarla. —¡Así que quieres decirme que yo soy una burra, una idiota, que jamás pasé un examen! Pues déjame decirte una cosa: las gallinas no necesitan de gallo para poner huevos. —¡Correcto! —dijo Juvencio—. Absolutamente cierto. Y ¿sabes?, hasta hay gallos que ponen ellos los huevos cuando las gallinas no tienen tiempo para hacerlo. Y hay mulas que pueden parir y también es cierto que hay muchos niños que nacen sin tener padre. Luisa repuso: —¡Con que gozas contradiciéndome! ¡Después de todo, yo me educaba mientras tú alimentabas marranos! —Si nosotros, y me refiero a todos los campesinos como yo, no alimentáramos puercos, todos tus sabihondos profesores se morirían de hambre. En oyendo esto ultimo, Luisa monto en cólera. Nunca pensó él que un ser humano podía encolerizarse tanto. Ella gritaba a todo pulmón: —Admites, ¿si o no, que yo tengo la razón? —Tú tienes la razón. Pero una vaca que no ha tenido crió no tiene leche. Y si existe una baca de esas que tú dices, es un milagro, y los milagros son la excepción. En agricultura no podemos depender ni de milagros ni de excepciones. —¿Así es que te sigues burlando de mi, insultándome? —No te estoy insultando, Licha; te estoy exponiendo hechos que por la práctica se mejor que tú. La calma con la que el había pronunciado estas palabras enfureció mas a Luisa. Se acercó a la mesa sobre la cual había un grueso jarrón de barro. Lo tomo en sus manos y lo lanzo a la cabeza de su antagonista. La piel se le abrió y la sangre empezó a correr por la cara de Juvencio en gruesos hilos.

“En las películas hollywoodenses, la joven heroína, preocupadísima y sinceramente arrepentida de su arrebato, lavaría la herida con un pañuelo de seda, al mismo tiempo que acariciaría la pobre y adolorida cabeza cubriéndola de besos, e inmediatamente después
ambos marcharían al altar para vivir eternamente felices y contentos hasta que la muerte los separara… Luisa se limitó a reír sarcásticamente, y viendo a su novio cubierto de sangre, gritó: —Bueno, espero que esta vez sí quedes escarmentado. Y si aún quieres casarte conmigo, aprende de una vez por todas que siempre tengo la razón, parézcate o no. El fue a ver al médico. Cuando se vio por el pueblo a Juvencio con la cabeza vendada, todos adivinaron que él y Luisa habían estado muy cerca del matrimonio y que la herida que mostraba era el epílogo natural e inevitable en tratándose de Luisa. Pero a pesar de todas las conjeturas y murmuraciones, dos meses después Luisa y Juvencio se casaban. Las opiniones de los amigos eran muy variadas. Unos decían que Juvencio era un hombre muy valiente al poner su cabeza en las garras de una tigresa. Otros aseguraban que no, que todo era al contrario, que seguramente las cosas ya habían ido tan lejos que el se había visto obligado a casarse. Y aun otros sostenían que en el fondo de todo estaba la avaricia y el interés que le hacían aguantarse y olvidar todo lo demás, aunque, agregaban seguidamente, esto les sorprendía de sobremanera, por que Juvencio no tenia la necesidad de dinero. Hasta había quien aseveraba que Juvencio era un poco anormal y que, a pesar de su aspecto viril, gozaba estando bajo el yugo y domino brutal de una mujer como Luisa. De todos modos ninguno lo envidiaba, ni siquiera aquellos que habían pretendido su fortuna. Todos afirmaban sentirse muy contentos de no estar en su lugar. Durante los agasajos motivados por el casamiento, Juvencio puso una cara inescrutable. Mas cuando le preguntaban como iban las a arreglar tal o cual asunto de la casa o de su vida futura, siempre contestaba que todo se haría según los deseos de Luisa. A veces, ya avanzada la noche, y con ella también las copas, muchos caballeros y hasta algunas damas bromeaban acerca de la novia decidida y autoritaria y del débil y complaciente marido. Un grupo de señoras, ya entradas en años, opinaban que una nueva era se implantaba en México y que las mujeres por fin habían alcanzado sus justos y merecidos derechos. Más todas estas bromas tendientes a ridiculizarlo, dejaban a Juvencio tan indiferente como si estuviera en la luna. En pleno banquete de bodas, uno de sus amigos, que había libado más de lo debido, se levantó gritando: —Vencho, creo que te mandamos una ambulancia mañana temprano ¡para que recoja tus huesos! Fuertes carcajadas se escucharon alrededor de la mesa. Este era un chiste no solo de muy mal gusto, sino en extremo peligroso. En México, bromas de esta índole, ya sea en velorios, bautizos o casamientos, seguido provocan que salgan a relucir las pistolas y hasta llega a haber balazos. Y esto sucede aún en las altas esferas sociales. Cientos de bodas han terminado con tres o cuatro muertos, incluyendo a veces al novio. Hasta se ha dado el caso de que un tiro extraviado alcance también a la novia. Pero aquí todo terminó en paz.”

“Llegada la noche, Luisa se acostó en la nueva, blanda y ancha cama matrimonial. Pero quien no vino a acostarse a su lado fue su recién adquirido esposo. Nadie sabe lo que Luisa pensó esa noche. Pero es de suponerse que la consideró vacía e incompleta, pues después de todo era una hembra, ahora ya de venticinco años, y el hecho de pasar esta noche como las anteriores en su casa no dejaba de confundirla e intrigarla. Sabía perfectamente que existe una diferencia entre estar y no estar casada. Pero no tuvo oportunidad de investigar personalmente esta diferencia, porque también la siguiente noche permaneció sola. Se alarmó seriamente. —―¡Dios mío! —exclamó mentalmente—. Santo Padre que estás en los cielos. ¿No será que está impedido? ¿O será tan inocente que no sabe que hacer? ¡Imposible! En ese caso seria un fenómeno. El primer y único mexicano que no sabe que hacer en estos casos. No, eso queda descartado desde luego, especialmente en un ranchero como el, que a diario ve esas cosas en vacas y toros. En fin… ¡Virgen Mía! ¿Qué tendré yo que insinuarle? ¡Demonios! Ni modo que mande por mi abuela para que le cuente como la abeja vuela de flor en flor y ejecuta el milagro… ¡Que raro! ¿Tendrá algún plan premeditado?… ¡Si solo se acercara por mi recamara!… Cuando pienso en lo apuesto que es, tan varonil y fuertote… Realmente el mas hombre de toda la manada de imbéciles que conozco. No se me antoja ningún otro, lo quiero a el, tal y como es.‖ Daba vueltas en la blanda cama matrimonial, tan suave y acogedora. No podía conciliar el sueño.”

“De pronto clava su vista en el perico, que amodorrado se mece en su columpio a solo unos tres metros de distancia, y le grita con voz de mando: —¡Oye, loro! ¡Ve a la cocina y tráeme un jarro de café! ¡Tengo sed! El loro, despertando al oír aquellas palabras, se rasca el pescuezo con su patita, camina de un lado a otro dentro de su aro y trata de reanudar su interrumpida siesta. —¿Con que no me obedeces? ¡Pues ya veras! Diciendo esto desenfundo su pistola que acostumbraba traer al cinturón. Apunto al perico y disparó.
Se oyó un ligero aleteo, volaron alguitas plumas y el animalito se tambaleo tratando todavía de asirse al aro, pero sus garras se abrieron y el pobre cayó sobre el piso con las alas extendidas. Juvencio coloco la pistola sobre la mesa después de hacerla girar un rato en un dedo mientras reflexionaba. Acto seguido miro al gato, que estaba tan profundamente dormido que ni siquiera se le oía ronronear. —¡Gato! —gritó Juvencio—. ¡Corre a la cocina y tráeme café! ¡Muévete! Tengo sed. Desde que su marido se había dirigido al perico pidiéndole café, Luisa había volteado a verlo, pero había interpretado la cosa como una broma y no había puesto mayor atención al asunto. Pero al oír el disparo, alarmada, se había dado media vuelta en la hamaca y levantado la cabeza. Después había visto caer al perico y se dio cuenta de que Juvencio lo había matado. —¡Ay, no! —había murmurado en voz baja—. ¡Que barbaridad! Ahora que Juvencio llamaba al gato, Luisa dijo desde su hamaca: —¿Por qué no llamas a Anita para que te traiga el café? —Cuando yo quiera que Anita me traiga el café, yo llamo a Anita, pero cuando quiera que el gato me traiga el café, llamo al gato. ¡Ordeno lo que se me pegue la gana en esta casa! —Está bien, haz lo que gustes. Luisa, extrañada, se acomodó de nuevo en su hamaca. —Oye, gato. ¿No has oído lo que te dije? —rugió Juvencio. El animal continuó durmiendo con esa absoluta confianza que tienen los gatos que saben perfectamente que mientras haya seres humanos a su alrededor, ellos tendrán segura su comida sin preocuparse por buscarla —ni granjeársela siquiera-, aunque algunas veces parezcan condescendientes persiguiendo algún ratón. Esto lo hacen, no por complacernos, sino única y exclusivamente por que hasta los gatos se fastidian de la diaria rutina y a veces sienten necesidad de divertirse corriendo tras un ratón, y así variar en algo la monotonía de su programa cotidiano. Pero por lo visto Juvencio tenía otras ideas con respecto a las obligaciones de cualquier gato que viviera en su rancho. Cuando el animal no siquiera se movió para obedecer su orden, cogió la pistola, apuntó y disparó. El gato trató de brincar, pero, imposibilitado por el balazo, rodó una vuelta y quedó inmóvil. —Belario —gritó Juvencio en seguida, hacia el patio. —Si, patrón; vuelo —vino la respuesta del mozo desde uno de los rincones del patio—. Aquí estoy, a sus ordenes, patrón. Cuando el muchacho se había acercado hasta el primer escalón, sombrero de paja en mano, Juvencio le ordenó: —Desata al Prieto y tráelo aquí. —¿Lo ensillo, patrón? —No, Belario. Yo te diré cuando quiera que lo ensilles. —Sí, patrón. El mozo trajo el caballo y se retiró enseguida. La bestia permaneció quieta frente al corredor. Juvencio observo al animal un buen rato, mirándolo como lo hace un hombre que tiene que depender de este noble compañero para su trabajo y diversión, y a quien se siente tan ligado como a un íntimo y querido amigo. El caballo talló el suelo con su pezuña varias veces, esperó un rato serenamente y percibiendo que sus servicios no eran solicitados en ese momento, intentó regresar en busca de sombra bajo el árbol acostumbrado. Pero Juvencio lo llamó: —Escucha, Prieto; corre a la cocina y tráeme un jarro de café.
Al oír su nombre, el animal se detuvo alerta frente a su amo, pues conocía bien su voz, pero como éste por segunda vez no hiciera el menor ademán por levantarse, comprendió que no lo llamaba para montarlo, no para acariciarlo, como solía hacerlo a menudo. Sin embargo, se quedó allí sosegadamente. —¿Qué te pasa? ¡Me parece que te has vuelto completamente loco! —dijo Luisa, abandonando la hamaca, sobresaltada. En su tono de voz notábase una mezcla de sorpresa y temor. —¿Loco, yo? —contestó firmemente Juvencio—. ¿Por qué he de estarlo? Este es mi rancho y éste es mi caballo. Yo ordeno en mi rancho lo que se me antoje igual como tú lo haces con los criados. Luego volvió a gritar furioso: —¡Prieto! ¿Dónde está el café que te pedí? Tomó nuevamente el arma en su mano, colocó el codo sobre la mesa y apuntó a la cabeza del animal. En el preciso instante en que disparaba, un fuerte golpe sobre la misma mesa en que se apoyaba le hizo desviar su puntería. El tiro, extraviado, no tuvo ocasión de causar daño alguno. —Aquí está el café —dijo Luisa, solícita y temblorosa—. ¿Te lo sirvo? Juvencio, con un aire de satisfacción en su cara, guardó la pistola en su funda y comenzó a tomar su café. Una vez que hubo terminado, colocó la taza sobre la bandeja, y, levantándose, gritó a Belario: —¡Ensilla el caballo! Voy a darle una vuelta al trapiche, a ver cómo van allá los muchachos. Al aparecer Belario a los pocos instantes, jalando el caballo ya ensillado, Juvencio, antes de montarlo, lo acarició afectuosamente, dándole unas palmaditas en el cuello. Luisa no regresó a su hamaca. Clavada al piso, parecía haber olvidado para qué sirven las sillas, y permanecía espantada, con la vista fija en todos los movimientos de Juvencio, quien cabalgaba hacia el portón de salida.De pronto éste rayó el caballo y, dirigiéndose a ella, le gritó autoritariamente: —Regreso a las seis y media. ¡Ten la cena lista a las siete! ¡En punto! —Y repitiendo con voz estentórea, agregó—: ¡He dicho en punto! Espoleó su caballo y salió a galope. Luisa no tuvo tiempo de contestar. Apretó los labios y tras un rato, confusa, se sentó en la silla que había ocupado antes Juvencio. Allí se quedó largo tiempo dibujando con la punta del zapato figuras imaginarias sobre el piso del corredor mientras por su mente desfilaban quién sabe cuantas reflexiones. De pronto, como volviendo en sí, iluminó su cara con una sonrisa y se levantó de su asiento. Fue directamente hacia la cocina.”

“Durante la cena se cruzaron muy pocas palabras. Cuando Juvencio hubo terminado se café y su ron, dobló la servilleta lenta y meticulosamente. Antes de abandonar el comedor dijo: —Estuvo muy buena la cena. Gracias —Que bueno que te agradó. —Con estas palabras, Luisa se levantó y se retiró a sus habitaciones.”

“Faltaban dos horas para la medianoche, cuando tocaron a la puerta de su recámara. —¡Pasa! —balbuceó Luisa con expectación. Juvencio entró. Se sentó a la orilla de la cama y, acariciándole la cabeza, dijo: —Qué bonito cabello tienes. —¿De veras? —Sí, y tú lo sabes. Pronunciando éstas palabras, cambió por completo su tono de voz. —¡Licha! —dijo con voz severa—. ¿Quién da las órdenes en esta casa?

Tú, Vencho. Tú, naturalmente —contestó Luisa, hundiéndose en los suaves almohadones. —¿Queda perfectamente aclarado? —Absolutamente. —Lo digo muy en serio. ¿Entiendes? —Sí, lo comprendí esta tarde. Por eso te llevé el café. Sabía que después de matar al Prieto seguirías conmigo… —Entonces que nunca se te olvide. —Pierde cuidado. ¿Qué puede hacer una débil mujer como yo? El la besó. Ella lo abrazó, atrayéndolo cariñosamente a su lado.”

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