ANA Y EL LOBO

El autor de este relato y yo eramos amigos, de los que le conozco,este es el mejor relato que ha escrito, y la puerta que me metió al BDSM.  Jamas voy a cansarme de leer esta trilogía,  que tiene tanto contenido.

¿La dominación rebaja, destruye.. o hay veces que gracias a eslla podemos dejar de destruirnos?

-ANA Y EL LOBO

(1ª Parte)

¿Cuándo se jodió la cosa dice la tristeza hundiendo los hombros?

Y pensar que cuando niña, todo era sonrisa y alta la esperanza…

¿Quién me ha robado la vida? Dice ladrando a la luna

¿No habrá modo de poder regresar los sueños, la suerte,

la paz, la alegría?

“¿Cuándo de jodió la cosa?” Hernaldo Zúñiga

Al ver su estúpida sonrisa festejando la tremenda idiotez que acababa de soltar supe que le aborrecía y el por qué su vida era tan insulsa. Miré hacia otro lado para no mostrar abiertamente con alguna mueca lo imbécil que le consideraba, o más bien que le sabía, pues a pesar de todo, me quedaba en ese momento un leve resquicio de decencia social. Sergio era el auténtico tarado cabeza de familia que pretende guiar a su descendencia por caminos que ni él mismo conoce ni comprende. Era el clásico filósofo barato, formado a fuerza de frases célebres del Reader’s Digest, los consejos familiares de los locutores de radio, los zodiacos del día y de algún barato librito de los 100 refranes mas populares de la historia.

Sergio había llegado de Puebla a la Ciudad de México y de inmediato se había matriculado para estudiar Ingeniería Civil, carrera de la cual se tituló puntualmente y con grandes notas. Durante el periodo represivo contra los estudiantes que se dio entre 1968 y 1972, Sergio jugueteó con las ideas libertarias de tomar la vida y el destino de México en sus manos, pero finalmente resultó ser tan pusilánime en ese conflicto como en todos los que se le presentaron en la vida, abandonando a sus compañeros de lucha para regresar a casita a meterse entre libros y escribir a su madre lacrimógenas cartas llenas de “te extraño” y “me haces falta”. Nunca entendí cómo fue capaz de casarse con una mujer como Laura a principios de los 70´s y mantener vivo su matrimonio con aquella psicóloga liberal y talentosa, pero de grisácea personalidad; tal vez por lo último. Finalmente de ese matrimonio les nacieron tres hijos, siendo Ana la segunda en llegar a este mundo; en medio de una mala época económica para ellos, lo cual siempre fue lamentado abiertamente por ambos padres, si bien esa mala época jamás dejo de mantenerse lejos de sus vidas.

Ana nació entre el desgano afectivo de sus padres, quienes no solo pasaban por esa crisis económica, sino también por la desilusión que les causó que naciera mujer, siendo que ellos anhelaban un varón. De haber tenido la tecnología actual para anticipar de qué sexo será la criatura por nacer, no se hubieran limitado a considerar una vez mas el abortarle, sino que definitivamente lo hubieran hecho. Así, Ana nació y creció con sus hermosos ojos azules, su cabellera castaña y el completo desdén de sus padres. Sergio, a pesar de ser brillante como ingeniero, tampoco tenía el discernimiento político necesario para mantenerse cerca de algún grupo o equipo de trabajo, por lo que, a finales de los 70´s fue echado sin mayores miramientos de la cátedra que daba en un plantel superior, y tuvo que conformarse con quedar a cargo de los trabajos de construcción de una empresa perteneciente a un viejo conocido suyo. Laura, su esposa, tuvo que aprender a olvidarse de Freud, Kinsey y Jung, para tener que visitar continuamente las obras en las que Sergio trabajaba para llevarle la comida, y ayudarle a pagar “la raya” a los obreros; llevando no solo a Ana, sino a los tres chiquillos a cumplir con las labores que su flamante e inútil esposo debiera de realizar con mayor pericia.

Un hermano de Laura había sido novio de una hermana de mi madre en sus años universitarios, así que las familias se conocían y convivimos con ellos en las fiestas infantiles de mis primos o de los hijos de Laura en el Bosque de Chapultepec. Mis más tempranos recuerdos de ellos eran de chicos taimados, de gris presencia y trato aburrido. Bastantes años mas tarde, Ana y yo nos encontramos fortuitamente en una reunión en casa de mis padres, a la cual ella había sido llevada casi a la fuerza por Sergio y Laura. No fue la charla lo que nos acercó, pues yo ni siquiera me digné a hacerme presente en dicha tertulia, sino que ella pudo oír lejanamente, en medio de las pláticas de los padres, los estridentes y aplastantes sonidos musicales metálicos que surgían detrás de la oscura puerta de mi recámara y atraída por un imán se fue acercando para encontrarse con alguien que tuviera, al menos, algo en común con ella.

A pesar de la hermosura que debía haber habido siempre en el rostro y cuerpo de Ana, solo me es posible recordarla de aquellos años como una mujer huesuda, pálida y demacrada, de labios blancuzcos, mirada ausente y cabello pastoso. Su cuerpo siempre olía a mugre y a desaseo, y era difícil encontrarla sin aliento alcohólico o aún bajo el influjo de alguna droga. De su ropa ya ni hablar; la manta de diseños indígenas, la vestimenta comprada en bazares hindúes y los raídos jeans eran su único atuendo, siempre con semanas sin lavar y sin cambiar. Su calzado se rompía y hedía por todos lados y sus baratos anillos con diseños monstruosos combinaban a la perfección con sus uñas siempre cortas por los mordiscos y los padrastros que adornaban sus dedos por doquier. Charlar con ella de cualquier tema terminaba siendo siempre una patética plática acerca de la desesperanza y la jodidez humana. Ana era justamente aquella persona con la que uno jamás querría pasar mas de cinco minutos cerca de ella, a menos que uno anduviera urgido de sexo y se tomara al menos ese tiempo para darle gusto al cuerpo.

¿De que era la plática a partir de la cual el inepto de Sergio se lució, eructando su inigualable sandez? No lo recuerdo, y quisiera ser Cervantes para no querer acordarme de tan infausto momento; fue ahí mismo que le recomendó a Ana no salir jamás conmigo cuando hubiera luna llena, pues mi vestir y mi desgreñada cabellera le daba la impresión de que yo era tal como un lobo, acechando a cualquier presa, por deleznable que fuera, y atacarla en su peor momento para devorarla y saciarme en ella. “Pinche pendejo” le dije en mi mente y aún lo repito hoy cada vez que lo recuerdo; pero finalmente, desde ahí me comenzaron a llamar de esa forma hasta el día de hoy, y quizá lo sigan haciendo hasta que mi cuerpo no sea mas que polvo corrompido en el fondo de un oscuro sepulcro, o la parousía me libere de la imperfección corpórea y me lleve a la feliz eternidad; habrá que esperar a verlo.

Se trataba de un complejo de oficinas que se construía cerca de Copilco. Algunos errores detectados en la compra de los materiales de construcción, los cuales habían sido detectados por Sergio, habían detenido el ritmo de trabajo en la obra, para después volcarse en un trabajo frenético con tal de entregar los edificios a tiempo. Esa tarde una semana después de que Ana cumpliera los 6 años, Laura llegó a la obra llevando a sus tres hijitos para entregar documentos necesarios para el trabajo de construcción. Sergio la había mandado desde aquella oficina donde él era el agachado criado de su antiguo amigo, ahora su patrón. Esa tarde Laura llevaba una mayor prisa que de costumbre; pareciera que la vida le costaría si entregaba tarde aquellos documentos, por lo cual Ana iba de un pésimo humor, si bien ya estaba acostumbrada a los jalones y empujones de parte de sus padres todos los días. Tras dejar a los chicos dentro de la caseta donde laboraban los ingenieros, la madre desapareció en busca de los destinatarios de los papeles que debía entregar. Al poco rato, Ana harta de vestir y desvestir sus gastadas muñecas Barbie, salió al patio de la obra a patear latas de refresco regadas por el suelo, hasta que un mal presentimiento le hizo levantar la mirada y buscar a su madre. Tras buscarla con la mirada inútilmente, caminó rumbo a la zona de construcción con una creciente angustia, musitando “mamá… mamá” casi inaudiblemente. Todos experimentamos alguna vez el sentimiento que provoca en los niños el terror por perder a sus padres, y en el caso de Ana ese temor era mucho mayor. Laura no era solamente la madre de Ana, sino también su única verdadera amiga, su ejemplo y quizá su único objeto de admiración. Laura era para la pequeña la única fuente de alegría y de respeto, no creo que sea exagerado decir que era el único sustento moral de la niña. Perderla era su mayor miedo, quedar sola y sin ella era la peor idea que podía haberle pasado por su mente.

Ana subió los grisáceos escalones que llevaban al primero y luego segundo piso del Ala B del complejo de oficinas. Más de un trabajador frunció el ceño cuando vio pasar a la hijita del “Inge Babas” apresurada entre los pasillos solitarios de la construcción, completamente sola y sin protección alguna. Algunos comentaron esa falta a la seguridad de la empresa y pensaron en reportar el hecho, otros avisaron a su supervisor para que se hiciera cargo, pero al final ninguno dijo o hizo algo, dejándole esa responsabilidad a alguien más y así, la pequeña niña continuó apresurada su carrera para encontrarse con su destino.

Al final del pasillo del Ala B se construían espaciosas salas de juntas, de diseño hexagonal, con desniveles en el techo para mejorar la acústica. Ana llegó a la puerta de una de ellas, mirando hacia un lado y hacia otro. Al temor de perder a su madre se había sumado también el temor de ser reprendida y castigada por haber abandonado el sitio donde su madre la había dejado, lo cual significaría azotes y en las peores ocasiones, hasta patadas en el trasero por parte de Sergio. Sentía también temor por el castigo, pero al menos, el ser azotada significaba que sus padres le daban un poco de tiempo y atención dedicado a ella, y había aprendido a tomarle cierto gusto a aquello. En ninguna de las oficinas encontró algo más que vacío y oscuridad, pero a cada paso que daba hacia el salón, el temor iba aumentando en el pecho de Ana. En la entrada del salón, apoyó uno de sus piecesitos en una tabla de madera caída, la cual amenazó con emitir un crujido cuando fuera movida por el pié contra la gravilla que cubría el suelo. Ana evitó pisar en la tabla y prefirió apoyarse en las piezas de madera acopladas a la pared, para poder estirar el cuello y echar un vistazo al salón.

Hay varias formas de morir; la peor de ellas es morir en vida. El alma de Ana huyó de ella en ese instante. Semioculta detrás de unas mamparas, Laura se encontraba de rodillas, completamente desnuda, masturbando y engullendo el grueso y sudoroso falo del contratista y de uno de los ingenieros. Ambos cabrones sudaban y jadeaban como auténticos lechones hambrientos mientras Laura se turnaba para llenarse la boca con una verga y con la otra, mientras daba bocanadas de aire para evitar respirar mas tiempo y poder felar cómodamente a aquel par de gruesos pitos que se erectaban exigentes y ansiosos por una buena mamada.

Las piernas de Ana quisieron doblarse, sus ojos se abrieron desmedidamente y en su inocente boca un final y lastimero “mamá” quedó ahogado por el primero de miles de sollozos que serían algunos de sus más cercanos compañeros por muchísimos años. Recargada en el dintel de entrada al salón, invisible a los ojos de su madre, Ana vio paso a paso la forma en que Laura daba placer a aquellos tipos, que eran los encargados de mantener con vida las únicas esperanzas de Sergio para mantenerse en la empresa constructora. Algo que Ana pudo percibir era que las facciones de Laura mostraban un completo y vulgar apetito por succionar los incircuncisos glandes de aquellos tipos que cerraban sus ojos cada vez que ella los mamaba, gozando con sentirse usada y humillada por ambos cabrones, y no meramente estar prostituyéndose para salvar el trabajo del idiota de su marido.

La lengua de Laura recorría el pene de los dos machos con verdadero deleite, recorriendo gozosa su piel y saboreando el abundante sudor que cubría sus sexos, desde la peluda bolsa del escroto hasta la punta reluciente de sus glandes. Profundos sonidos guturales salían del interior de su boca mientras paseaba obscenamente la lengua por uno y otro miembro. Las torneadas piernas de Laura se llenaban del polvo del suelo cuando se arrastraba para ir de un cuerpo al otro, ambos con los pantalones bajados a los tobillos y sus miradas llenas de lujuria y de auténtico asco por esa mujerzuela que se entregaba a ellos tan fácilmente. Por breves momentos, Laura soltaba una de las vergas para meter sus elegantes dedos bien dentro de su vagina, sin pasión, sin erotismo, tal como si se tratara del mecánico movimiento de un pistón realizando el único fin para el cual haya sido creado. Uno de aquellos tipejos limpiaba el líquido que emanaba de la cabeza de su pene para limpiarlo sin miramientos en su propia camisa o en el bonito rostro maduro de Laura, convertida en una aberrante y desbocada ramera, entregada a dos machos sin mayor deseo mas que el de dejar de ser ella misma.

Laura golpeteó su rostro con una de las vergas, la más grande y morena, antes de echarse hacia atrás, recostarse en el piso y abrir sus piernas descaradamente para incitarlos a ambos a cogérsela como una auténtica puta. Las uñas de los dedos de Ana estuvieron a punto de clavarse en su propia carne al apretar sus puños viendo cómo uno de ellos, se dejó caer como bestia depravada entre las piernas de su madre y clavarle la verga sin miramientos en su peludo coño mientras que la otra verga entraba hasta el fondo de la boca de Laura, amenazando con ahogarla. Las manos de ambos tipos apretaban y manoseaban el cuerpo de Laura como si se tratara del más vil e infame de los objetos, del más insignificante de los animales. De cuando en cuando, uno u otro golpeteaba con la palma de la mano el avorazado rostro de Laura, diciéndole: -¡Mámame bien la verga, putota! ¡Sácame la leche de la ñonga, puta asquerosa!- y entonces ella atragantarse fagocitando el palo duro de uno o del otro, mientras seguía siendo vilipendiada por las manos que la amasaban y nalgueaban sin piedad ni recato alguno.

En lo personal, jamás escuché a la madre de Ana pronunciar grosería alguna; de hecho, su plática me pareció siempre muy pulcra, culta y elegante; quizá esa falta de mala costumbre fuera lo que ganó en parte ese gran respeto y admiración que Ana tenía por su madre, y fue parte también de una de las cosas mas impactantes y terribles a las que ella se enfrentó en esa funesta tarde en Copilco. Tirada en el suelo, siendo brutalmente fornicada por el contratista, Laura sacaba de su boca la verga del ingeniero solo para abrir la Caja de Pandora de Ana y emitir cuanta vulgaridad pudiera existir en los labios de una hembra cogiendo. – ¡Con todo y huevos cabrón! ¡Con todo y huevos dame verga, no seas puto! ¡Lléname la pucha con tus mecos pues para eso soy tu perra, hijo de la chingada!- gritaba Laura entre pequeños salivazos que saltaban de sus labios. El contratista sacó su palo del interior de Laura, quien bramando enloquecida le espetaba insultantemente: -¿No me vas a dar tu leche, cabrón? ¿Me va a coger este otro sin que me chorrees la jeta con tu lefa, maldito maricón?- mientras se ponía a gatas para que el moreno ingeniero le paseara su sudoroso falo por la raya del culo. – ¡Cállate perra de mierda, que de todas formas te van a retacar el hoyo!- le dijo galantemente el contratista, para agregar: – ¡También me voy a venir en tu cara, maldita culera, solo que tengo ganas de echar una meada y regreso a seguirte parchando!- Apenas la había comenzado a penetrar el ingeniero cuando, al oír esto, Laura se sacó la morocha verga de entre las nalgas para ponerse de rodillas y casi suplicar a los pies de ambos: – ¿Así que quieres irte a echar una meada? ¡Pues échala aquí, cabrón! ¡Échala aquí en mi jeta! ¡Échenmela ambos, hijos de la chingada!-

Cuando el par de amarillentos hilos de líquido comenzaron a dibujar obscenas figuras en el rostro boquiabierto de Laura, Ana se dio la vuelta y, ahogada en llanto y en la mas completa desesperación que una niña de 6 años puede experimentar, salió corriendo por el pasillo rumbo a la caseta donde sus hermanos jugueteaban inocentemente con sus muñecos y carritos de plástico. Ana hubiera preferido ser aplastada por alguno de los enormes bloques de concreto que ahí había, pero esa liberación no llegó. Si antes la maternal sonrisa de Laura fue parte de los pocos buenos recuerdos de Ana, y fuente de las pocas sensaciones de protección que ella tuvo, desde el momento en que la madre entró de nuevo en la caseta y explicarles a los niños sonriendo que no encontraba a los ingenieros y que por eso había tardado tanto, esa sonrisa se convirtió en una de las mas asqueantes imágenes que llegaron tantas veces a la mente de la ya no inocente Ana. Desde esa noche, la imagen de Laura siendo cogida, humillada y orinada lascivamente por dos hombres a la vez, se convirtió en una de las peores pesadillas de esa rubia niña de 6, luego 11 y luego 14 años; y ese recuerdo de ver a su madre envilecida hasta lo sumo, fue el mayor refuerzo a la idea que desde ahí escuchaba en su mente: “Ana, eres basura… tal como tu madre, no vales nada… eres basura”

Cada vez que Ana me repetía -completamente ebria- esta historia, las lágrimas caían una tras otra por su rostro, sus dientes castañeteaban de rabia y en su mirada se veía claramente una urgente necesidad de morir, de huir de este mundo, donde cualquier sonrisa le parecía una mueca burlona que le recordaba que había nacido de la mas asquerosa de las golfas y del mas nefasto de los imbéciles que el mundo pudiera desechar. Las primeras veces que ella me relató todo lo anterior, solo callé con un nudo en la garganta y solamente atiné a abrazarla y a llorar junto a ella evitando que viera el dolor que me causaba saber el origen del vergonzante y destructivo camino que ella había comenzado a recorrer desde aquel infame día. En esos instantes yo sentía una completa repulsión por Sergio, repulsión por todo aquello que implicara inutilidad y sinrazón. Pero la última vez que Ana me volvió a contar su triste historia, solamente la miré fría e impasiblemente, y tras llenar el aire exhalando con un bufido el humo de mi exquisito Camel, le dije sin mostrar emoción alguna:

– Basta, Ana. Estás demasiado ebria, deja ya de beber.

– Estoy bien, puedo aguantar mas copas sin problema.

– No recuerdo haber pedido tu opinión, Ana. Deja de beber en este instante.

– Humildemente pido perdón, mi Amo; tu sumisa obedece- y vació inmediatamente el contenido del líquido en la hielera, para levantarse y seguirme dos pasos detrás de mí y en silencio, hacia el lugar donde dejé estacionado el auto.

(Continuará)

* Historia contada con conocimiento y autorización de la protagonista*

FUENTE DEL RELATO: http://www.todorelatos.com/relato/47779/

                                            http://www.todorelatos.com/perfil/644686/

Anuncios

Una respuesta a “ANA Y EL LOBO

  1. Pingback: Ana y el Lobo (2) | SUMISION

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s