Sodomía y cerveza fría: apología del sexo anal

Me parecio un buen articulo, soy admiradora de la forma de escribir de Josep Lapidario. Para los que amen leer, aqui les dejo, que lo disfruten.

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Publicado por Josep Lapidario

Hoy en día el sexo anal no se oculta particularmente. Hay guías y tutoriales, aparece en el porno tanto hetero como homosexual, se venden plugs anales en las tiendas… Pero es fácil encontrar incoherencias, miedos y desprecios. Tradicionalmente se identifica la sodomía con el sexo anal entre hombres, pero tanto hombres como mujeres, cis y trans, homosexuales y heterosexuales, se penetran analmente (y alegremente) en todas las combinaciones posibles con dildos y penes y dedos y puños. El ano no tiene género.

¿Puede un hombre heterosexual disfrutar siendo penetrado por una mujer? La palabra «ano» viene del latín anus, o sea, «anillo»: ¿significa eso que el gesto de meter un anillo en el dedo del cónyuge durante una boda es equivalente al gesto de meterle un dedo en el culo? ¿Arroja esto nueva luz sobre la escena de los dedos en el culo de Airbag, durante la que Karra Elejalde pierde su anillo de boda? ¿Por qué en francés un film de cul es una película porno, sea o no anal? Si el sexo anal está normalizado, ¿por qué decir «que te den por culo» es un insulto?

Al menos dos de estas preguntas encontrarán respuesta en este artículo.

Antes muerto que penetrado

¿Cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en el mundo, inquietud ni guerra? (Francisco de Quevedo, Gracias y desgracias del ojo del culo).

Cuando al entrenador Luis Aragonés le ofrecieron en Alemania unas inocentes flores, su respuesta inmediata fue: «Me van a dar a mí un ramo de flores, que no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba». A primera vista, este hit de nuestro exseleccionador nacional sería solo un ejemplo de los tics testosterónicos, homófobos y autoafirmativos que Javier Sáez califica en un gracioso texto como pluma heterosexual, pero puede hacerse una lectura a otros niveles.

La lógica machista tradicional define la virilidad como la impenetrabilidad máxima. En esas coordenadas la mujer es absolutamente penetrable: por eso no hay deshonra en sodomizar a una mujer, mientras que si un hombre es penetrado y disfruta con ello adquiere el estatus «inferior» de mujer o de no-hombre (los iraquíes llaman a los gais «el tercer sexo»). Jugaría en esta liga de Aragonés el «mecanismo de defensa ancestral» que cierra los glúteos de Antonio Recio (¡mayorista, no limpio pescado!) en La que se avecina… O la resistencia a los tactos rectales diagnósticos, a pesar de que el cáncer de próstata es el más frecuente entre varones de edad avanzada. ¿Un médico metiendo un dedo por el culo? ¡Antes muerto que penetrado!

Que te den por culo, vete a tomar por culo, te la han metido doblada, deja de darme por culo… Recibir sexo anal es para el lenguaje cotidiano algo horrible, indeseable, un castigo, una humillación, una tortura. Si eres hombre ser enculado transforma tu identidad, te convierte en «marica» como si te hubiera mordido un zombi. No es este un tic único de la derecha conservadora: más allá de la frecuente homofobia comunista, la penetración anal como ataque se refleja en la típica caricatura del obrero a cuatro patas penetrado por un patrón con chistera.

A menudo el miedo a la posible homosexualidad propia («¿y si lo pruebo y me gusta?») lleva a algunos hombres a un miedo paranoico. ¡El ataque del terror anal! En 2008 un hombre llamado Jacobo Piñeiro conoció a dos jóvenes homosexuales en un bar de ambiente y los acompañó a su casa. De algún modo la noche acabó con el piso en llamas y ambos gais brutalmente asesinados mediante cincuenta y siete puñaladas. Un jurado popular absolvió al acusado a pesar del testimonio de los forenses, al apreciar legítima defensa y «miedo insuperable» a ser violado. ¿Entró en juego el fantasma del pánico anal? Un año más tarde el juicio se repitió y Piñeiro fue condenado, pero no todos los asesinatos homófobos acaban castigados.

En ocho países el sexo anal está penado con la muerte: Afganistán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, Nigeria, Sudán y Yemen. Ochenta y cinco castigan la sodomía con cárcel, flagelación o internamiento en psiquiátricos. El político malayo Anwar Ibrahim ingresó en prisión en febrero de 2015 acusado de sodomía, tras varios juicios delirantes con pruebas de ADN y colchones manchados de esperma. Human Rights Watch publicó un terrorífico informe sobre una campaña masiva de secuestro y asesinato de gais lanzada en Irak en 2009. Allí se menciona un método de tortura y ejecución especialmente significativo: la milicia iraquí sellaba el ano de los homosexuales con un fuerte pegamento industrial. La muerte por intoxicación interna sobrevenía poco después, materializando de forma horrendamente literal la fantasía del macho ibérico: que no quepa ahí ni el bigote de una gamba.

Una frase clave del informe: «la milicia afirma que el afeminamiento se ha extendido entre la juventud tras ser traído del exterior por soldados estadounidenses». También el iraní Ahmadinejad insistía en que la homosexualidad era cosa de yanquis. Tradicionalmente el sexo anal se ha atribuido al otro, al extranjero: nunca es algo propio de tu país o cultura. En la Edad Media los europeos atribuían el sexo anal a los musulmanes, y para los árabes eran los europeos quienes iban por ahí enculando gente. Los conquistadores españoles de América afirmaban que los indios americanos eran viciosos sodomitas, y para los ingleses del siglo XVI eran los búlgaros los que practicaban la buggery.

Al miedo a ser penetrado se une pues el miedo racial. En 2009 Santiago Sierra presentó la performance Penetrados, un vídeo de tres cuartos de hora dividido en ocho actos en que se muestran todas las combinaciones posibles de sexo anal entre hombres y mujeres de raza blanca y negra. La obra busca entre otras cosas provocar reflexiones sobre el terror anal y el miedo al inmigrante: ¿se reacciona igual ante la imagen de hombres blancos sodomizando a mujeres negras que ante la secuencia de hombres negros enculando hombres blancos?

Del ano romano a la sodomía de la burguesía

En la Antigüedad clásica la consideración del sexo anal dependía de si se era el penetrador o el penetrado. Encular o pedicare era una actividad viril a la que cualquier ciudadano libre podía dedicarse sin problemas, mientras que el papel pasivo o receptor quedaba limitado a mujeres, esclavos o adolescentes. En este último caso, del joven pasivo se esperaba que no sintiera excesivo placer: sería mostrar demasiada «femineidad» en lugar de una virilidad aún en desarrollo. El adulto varón que disfrutaba siendo penetrado analmente (llamado impudicus o diatithemenos) sufría desprecio generalizado, podía ser expulsado del ejército y despojado de sus derechos como ciudadano. Ser penetrado es un descenso de clase social. Este eje activo/pasivo es similar al que comenté al hablar del sexo oral, con su diferencia entre una irrumatio activa o «follar la boca», signo de virilidad aunque el receptor fuera otro hombre, frente a la «humillante» fellatio receptiva.

Según la Biblia, Sodoma (nombre derivado de la raíz SOD o secreto), fue destruida por sus pecados junto a Gomorra. Como tanteo previo a la lluvia de fuego, Dios envió a casa de Lot a dos ángeles disfrazados que despertaron la lujuria de los vecinos del pueblo. Pero parece que a los salidos de Sodoma les daba igual carne que pescado, ya que Lot les sugirió que violaran en cambio a sus dos hijas vírgenes (Lot, padre del año) y dejaran en paz a las visitas. El respeto a los viajeros era un tabú muy fuerte entre los pueblos del desierto, así que lo más probable es que los pecados de Sodoma fueran la falta de hospitalidad y la lujuria, más que específicamente el sexo anal.

La primera mención escrita de la palabra «sodomía» aparece paradójicamente en el Libro de Gomorra, escrito en 1051 por el benedictino Pedro Damián. Es un texto de denuncia centrado en los comportamientos sexuales de los sacerdotes de la época (!), según cuatro niveles de gravedad: masturbación en solitario, masturbación mutua, cópula intercrural (entre los muslos) y sexo anal. Se consideraba sodomía cualquier comportamiento sexual no orientado a la reproducción, o, en palabras del teólogo del siglo XVI Antonio Gómez, «realizar el acceso carnal sin pretender la regeneración de la especie».

Hasta el siglo XIII la sodomía se consideraba un pecado entre otros, perseguido solo de forma puntual por motivos políticos. Pero durante las cruzadas la propaganda antislámica identificó a los musulmanes con sodomitas que violaban niños cristianos, y el espantajo del terror anal se descontroló. La sodomía pasó de pecado a delito perseguido por la autoridad, y se empleó para dirigir protestas sociales y desactivar grupos incómodos, desde los herejes bogomilos hasta los mismísimos templarios.

Entre los judíos y los primeros colonos de América se estableció el desdén a la sodomía en términos de economía reproductiva, o por recordar la neurociencia bufa hispánica, «que los espermas no pueden engendrar porque se encuentran con caca». El Mishné Torá, código de ley judía de Maimónides, permite el sexo contranatura (léase anal y oral) entre marido y mujer siempre que el hombre no eyacule. O eso deduzco de esta cita: «El marido podrá besar cualquier órgano del cuerpo de su mujer como desee, y podrá realizar el coito tanto natural como antinatural, siempre que no expulse semen sin propósito». Cuántas veces habré expulsado semen sin propósito, me pregunto. Garza Carvajal recuerda en Quemando mariposas el caso de Alonso Pérez, un hombre al que en 1587 las autoridades seculares de Sevilla quemaron en la hoguera por sodomía, mientras que al joven que le había masturbado («cometido el pecado de polución») le azotaron y condenaron cuatro años a galeras.

Curiosamente, uno de los primeros defensores de la sodomía en la literatura, con especial hincapié en el placer experimentado por el receptor, fue el Marqués de Sade. Leemos en La filosofía en el tocador: «Jamás la naturaleza, si analizas detenidamente sus leyes, ha indicado otros altares para nuestros homenajes que el orificio de atrás; permite lo demás, pero ha dispuesto que sea en el trasero. Si no hubiese sido su intención que penetrásemos culos, ¿habría hecho tan proporcionado su orificio a nuestros miembros?».

La psiquiatría europea del siglo XIX medicalizó y patologizó muchos comportamientos sexuales. A partir de los trabajos de Westphal o Kraft-Ebbing, el mismo que bautizaría el sadomasoquismo, la sodomía pasó de ser un acto sexual (delito o pecado, pero no definitorio de la identidad) a una categoría médica propia de un nuevo tipo de persona, el «homosexual». En Construyendo sidentidades, Ricardo Llamas recuerda descripciones como la del médico alemán Friedrich, que a mediados del siglo XIX escribe que el homosexual activo está casi siempre pálido e hinchado, tiene el pene delgado y pequeño, y «persigue a muchachos jóvenes con mirada lasciva». El pasivo aún sale peor parado: rasgos faciales hundidos, mirada apagada y sin vida, dolor sordo en la base del cráneo, facultades psíquicas disminuidas…

Freud, en cambio, mantuvo una actitud carente de juicios morales hacia el sexo anal. Acertó al distinguir entre analidad y orientación sexual, en reconocer que coexisten los impulsos activo y pasivo, y al afirmar que reprimir lo que se desea deja huellas en el individuo. Freud le saca jugo a la equívoca expresión «bésame el culo» y al hecho de «hacer un calvo» como ejemplos de sexualidad anal reprimida… Rechazar el placer anal puede convertirte en un obseso por el orden y la limpeza, o, en palabras de Sáez y Carrascosa en el divertidísimo ensayo Por el culo: «mejor ser una marica liberada que disfruta de su culo, que un estreñido tacaño obsesionado con el orden (Freud no lo dice así, pero es nuestra lectura)».

¡Estimúlame el nervio hipogástrico!

Yo no pongo la otra mejilla / Pongo el culo compañero. (Pedro Lemebel, Manifiesto (hablo por mi diferencia)).

Imaginemos que algún lector o lectora está leyendo este texto buscando argumentos para convencer al partenaire de las bondades del sexo anal. ¿Qué estrategias podría usar para ello? No sé hasta qué punto el porno sería una buena opción. La pornografía heterosexual está obsesionada con el sexo anal, hasta el punto de que las actrices que no lo practican, como nuestra musa Amarna Miller, son una excepción. Pero es que el anal en el porno mainstream tiene poco que ver con el sexo real (make love, not porn!), y suele ser bastante más duro para las actrices.

Otro acercamiento es necesario. ¿Qué tal hablar de los estudios científicos sobre el tema? Soy fan de los doctores Barry Komisaruk y Beverly Whipple, dedicados al noble arte del estudio del orgasmo. En su artículo «Non-genital orgasms» resulta apasionante ver cómo resumen algunas bases biológicas del placer anal estudiando las redes nerviosas del cuerpo. El nervio pélvico proporciona sensaciones a la vejiga y al recto (y a parte de la vagina en el caso de las mujeres), y su activación puede generar orgasmos al ser estimulado de forma rectal, tanto en hombres como en mujeres. En hombres, la estimulación adicional del nervio hipogástrico (sea durante la eyaculación, sea mediante contacto con la próstata vía anal) contribuye a la sensación placentera del orgasmo. Sumando la inervación genital (pene, clítoris) mediante el nervio pudendo, tenemos una red nerviosa que parece proporcionar más placer cuantos más de sus nodos se estimulen.

Komisaruk adopta un lenguaje de crítico culinario al hablar del orgasmo femenino: «estimular el recto además de clítoris, vagina y cérvix añade capas de calidad, complejidad, intensidad y en consecuencia placer al orgasmo». Una defensa con fundamento de la doble penetración con estimulación clitoral añadida, nada que no pueda conseguirse con un par de personas predispuestas o cierto número de juguetes sexuales.

Para redescubrir el culo como zona erógena resultan útiles los dildos, los plugs anales (a mí me hacen gracia los que tienen una cola en el extremo) o los dedos. O, en fin, la mano entera. El fist-fucking o penetración anal con el puño nace en las comunidades sadomasoquistas gais, aunque sea una práctica que no produce dolor si se realiza con cuidado. De forma muy poética y (probablemente) metafórica, José Manuel Martínez-Pulet describe el fisting como «colonizar con la mano el interior de otro hombre y sentir desde dentro los latidos de su corazón». Aunque, por supuesto, nada exige que el culo penetrado sea masculino: la práctica se extiende a lesbianas y hombres heterosexuales. Es un ejemplo de lo que Foucault llamaba «desgenitalización del placer»: en las pelis de fisting no aparecen penes erectos, y el puño cerrado o en forma de pico de pato pasa de ser un símbolo de agresión a uno de ternura… Y es que para no armar un estropicio hay que avanzar amorosamente, emplear abundante lubricante y guantes de látex o nitrilo, seguir un cierto ritual pausado. En palabras de Gayle Rubin, «fistear es seducir uno de los músculos más impresionables y tensos del cuerpo».

En 2014 las productoras pornográficas del Reino Unido vieron cómo se les prohibía filmar la eyaculación femenina bajo ciertas circunstancias, algunas prácticas sadomasoquistas y el fisting. El argumentario tras la prohibición exageraba los riesgos asociados a la práctica, lo que me lleva al siguiente punto del orden del día…

Lubrícame otra vez

Las cuatro cosas más sobrevaloradas de la vida son el champán, la langosta, el sexo anal y los picnics. (Christopher Hitchens).

Los picnics son un horror abisal, sí, pero obviamente discrepo del resto de la sentencia de Hitchens. Sin embargo, un poco de distanciamiento no vendrá mal para introducir una parte importante de cualquier apología: un aviso sobre las precauciones que valdría la pena tomar. Que incluso las aspirinas tienen riesgos y contraindicaciones.

La mucosa rectal es relativamente frágil: una capa de células la separa de tejido muy vascular. Eso hace que los supositorios sean muy efectivos, pero también que posibles microheridas sean muy peligrosas como punto de entrada de ITS o Infecciones de Transmisión Sexual, desde la gonorrea o la hepatitis B y C hasta el VIH del sida. Además de las medidas de precaución obvias (condones, guantes, higiene) es importantísimo emplear lubricante, ya que se logra una penetración más agradable disminuyendo a la vez el riesgo de heridas e infección. Mejor si el lubricante es de base acuosa, ya que los que contienen aceite, como la vaselina o la crema de manos, pueden debilitar el látex del preservativo.

Marlon Brando popularizó el uso de mantequilla como lubricante anal en una secuencia de El último tango en París a la que tengo mucha manía por el modo en que fue rodada. Mientras se untaba la tostada del desayuno una de las mañanas del rodaje, Brando lanzó la idea a Bertolucci, que la aceptó entusiasmado. En un arranque de inconsciente cerdería misógina, el director decidió no avisar a Maria Schneider hasta el último momento para evitarse discutir. Años más tarde la actriz lamentaría no haber llamado a su agente o a un abogado, ya que nadie podría haberla obligado a filmar una escena que no estuviera en el guion… Y aunque evidentemente la penetración anal de Brando no fue auténtica, las lágrimas de sorpresa, humillación y rabia de la actriz fueron completamente reales. Bertolucci y Brando, vaya par de impresentables.

Queda por tratar un último riesgo: el psicológico-social, especialmente para la parte receptora. Lo que me lleva a una conocida frase…

Abre tu culo y abrirás tu mente

El obturador de la cámara y mi ano se abren con una sincronía casi perfecta (Pierre Molinier).

Para poner de los nervios a muchas parejas gais basta con preguntarles: «¿Quién hace de hombre y quién de mujer?», como si una pareja homosexual tuviera que imitar forzosamente los mismos roles tradicionales y fijos de hombre penetrador y mujer penetrada. Y el problema no es ya que haya hombres heterosexuales penetrados por mujeres, sino que entre los propios gais es frecuente que no haya roles fijos.

Los ya mencionados Sáez y Carrascosa, autores de Por el culo (alma mater o más bien pater de este artículo), hicieron un estudio informal de una web de contactos gais con más de ciento setenta mil miembros. Hallaron un 15,2% de usuarios que se definían como exclusivamente activos, un 15% exclusivamente pasivos, un 6,6% activo-versátiles, un 6,6% pasivo-versátiles… Y la orientación más abundante era la de versátil con un 41% (el resto de usuarios no se definían explícitamente). Estas cifras parecen indicar que en la comunidad homosexual no hay una división rígida y significativa entre activos y pasivos, que resulta en realidad bastante artificial… y a veces ridícula. En las cárceles franquistas, donde casi cuatro mil personas cumplieron condena por ser homosexuales, se intentaba separar a los reos en prisiones diferentes según si eran identificados como «activos» (que iban a Huelva) o «pasivos» (a Badajoz, véase el duro testimonio de Antonio Ruiz).

Quizá sea este un buen momento para escapar del legado histórico de desprecio al pasivo poniendo en cuestión la terminología: incluso «muerdealmohadas» parece más desprovisto de connotaciones negativas. Y es que un pasivo no es tan pasivo: no se deja penetrar por cualquiera, establece una posición de control y poder de modo paralelo al de los «sumisos» y «sumisas» en el BDSM, que son en realidad quienes marcan los límites del terreno de juego y toman un papel más activo del que se cree durante el mismo. Recibir una penetración anal es un acto lleno de actividad: es necesario relajarse conscientemente para facilitar la penetración, y apretar y relajar los músculos anales incrementa el placer mutuo. Hace años que las feministas han logrado hacer entender que la mujer no es pasiva en el sexo aunque sea la penetrada: ¿por qué no se ha dado aún ese paso en el receptor varón del sexo anal?

Es triste caer una y otra vez en el mismo chiste: el varón heterosexual que busca penetrar a una mujer pero no admite ser penetrado por ella por miedo a «amariconarse». Muchos sexólogos reciben preguntas de hombres heterosexuales que disfrutan analmente (por ejemplo, siendo penetrados por dildos o dedos de mujeres) y quieren saber si por ello se convierten en gais. Digámoslo alto y claro: se puede ser penetrado analmente sin ser por ello homosexual. O dicho de otro modo: se puede ser muy viril y disfrutar del pegging.

Y dejando en el aire esta frase lapidaria me despido aconsejando al lector o lectora, sea cual sea su género y orientación sexual, que se vaya, ahora mismo, a tomar por culo.

Fuente: http://www.jotdown.es/2015/06/sodomia-y-cerveza-fria-apologia-del-sexo-anal/

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