Ana y el Lobo (2)

-ANA Y EL LOBO

(2ª Parte)

What the hell is going on cruelest dream reality?

Chances thrown, nothings free, longing for used to be

Still its hard, hard to see fragile lives, shattered dreams.

The Kids aren’t all right. The Offspring

Ana exhaló un suspiro de placer cuando sintió la caliente sensación de la droga circulando por sus venas al quitar de su brazo la ligadura que obstruía la circulación de su cuerpo. No era la misma sensación que sintió la primera vez que lo hizo, pues ahora para sentirse igual necesitaba de una dosis cada vez mayor que la anterior. ¿Cuántos años llevaba ya drogándose así? No podía recordarlo; solo recordaba que la primera vez que lo hizo no sabía ni por qué lo hacía. Quizá fue por agradar –como siempre- a aquellos tipejos que por un momento le prestaron un poco de atención durante los descansos de clases en la secundaria a la que iba. Sergio, -el imbécil de su padre- jamás pudo darse cuenta de los cambios que sufría Ana en su apariencia ni de sus diversas y crecientes adicciones, finalmente siempre estaba desaliñada y mustia; pero Laura, su madre, rápidamente se alteró al ver en su mirada y en el brusco cambio de su carácter una señal inequívoca de que algo malo sucedía en la vida de su hija. Laura jamás pudo imaginarse que el empujón final que recibió Ana para ir directo al abismo, se lo había dado ella misma, durante uno de sus esporádicos devaneos con el pecado.

Desde esa tarde en que Ana viera a su madre refocilándose como una puerca entre las piernas de dos tipejos en la obra de construcción en la que su padre trabajaba, la poca luminosidad que hubo alguna vez en su mirada desapareció para siempre. Ana se supo entonces… basura, y como tal se comportaba y como tal se trataba. Temía tremendamente al dolor y al sufrimiento, y por lo mismo, los buscaba ansiosamente pues le reafirmaban su bajeza. Cada vez que alguien la llegaba a tratar con respeto, ella solamente podía interpretarlo como una burla a su condición de basura; cada vez que alguien la miraba con desprecio o meramente como a un objeto, ella solo podía ver en ello a alguien que realmente la entendía y que sabría como tratarla. Ana disfrutaba de ver en los ojos de su madre la angustia de irla viendo morir en vida día con día, aún mucho antes de que la menarca se hiciera presente en su cuerpo. Nada pudo hacerla cambiar, nada pudo ya devolverle esa dignidad que perdiera aquella tarde, viendo el rostro de su amada madre siendo bañado asquerosamente por los orines y el semen viscoso de sus efímeros amantes.

Ana echó la cabeza hacia atrás tratando de disfrutar un poco la sensación de la Heroína en sus venas, y se estiró para ponerse cómoda y abrir las piernas para que aquel muchachito pudiera acomodarse mejor para penetrarla. ¿Cuál sería su nombre? Que importaba, finalmente con nombre o sin nombre él tenía verga y ella seguía siendo una basura. Apenas y se dio cuenta de cómo él la jalaba de las nalgas para introducir su falo intempestivamente dentro de ella y comenzar a moverse como un perro en brama con movimientos rápidos y un aparente deseo urgente por romper una marca mundial del orgasmo más rápido de la historia. Ana se mantuvo con la mirada fija en la profundidad de la nada, sin sentir placer alguno y apenas dándose cuenta del trozo humano que horadaba animalmente su interior. Tampoco tuvo consciencia plena del momento en que él se vino, eyaculándole dentro, ni de cómo él salió de ella para apuradamente subir de nuevo sus pantalones. El temor de Ana por algún embarazo, o alguna enfermedad eran inexistentes, finalmente ella podría abortar, como ya lo había hecho otras veces, pues dentro de ella no podía ni debía existir vida alguna, y una enfermedad solo la acercaría aún mas a su anhelada muerte. Saber la forma en que él sacudió su verga antes de guardársela tras la bragueta y verlo silbar satisfecho al salir por la puerta de la recámara de esa casa donde se celebraba aquella reunión fue lo último –o lo único- que supo de él en su vida.

– No me gustó esa canción- me dijo una tarde cuando me veía con el ceño fruncido peleando por encontrar el acorde adecuado en la guitarra, tratando de componer algo de mi música en la sala de la casa de mis padres y lidiando porque el cabello no me obstruyera la visibilidad al inclinar la cabeza y taparme la vista.

– Nada de melodía en el metal ¿eh? Espera a que la oigas completamente armada- le dije

– Nada de melodía en la vida, wey. La vida es amarga, no melodiosa. Somos efímeros y a pesar de que el sol ilumine un rato, las sombras siempre vuelven. El metal es como la vida, no debe sonar dulce, ni bonito.

La observé un rato y el influjo del momento me hizo olvidar definitivamente la idea de mantener un arpegio en esa canción. Había querido yo también salir de esa racha de canciones duras, la cual había comenzado hacía año y medio, desde aquel terrible terremoto que sacudió la Ciudad de México y mató a innumerables personas; pero entonces, la amargura perenne de Ana me daba una nueva inspiración y un nuevo sentido para mi música.

– ¿Cómo llamarás a esa rola?- dijo burlona mientras encendía un apestoso Marlboro- ¿”Amo las florecitas”? – y de su salobre mueca casi sale una amarga carcajada. Medité en responder; no porque su sarcasmo me llegara, sino porque parecería que el nombre que le pondría a la canción hubiera sido escogido por mí para describir su vida. Finalmente se lo dije:

– Se llama “Amor de un Rato”, y si, la melodía le queda bien.

– Basura- exclamó ante la idea, y volvió a repetirlo apenas audiblemente, hablando hacia dentro, hacia sí misma- … basura.

Como tantas otras noches, Ana no podía dormir. Masturbar su cuerpo blanco y en ciernes de tomar formas voluptuosas –que jamás llegarían- no le daba placer verdadero. Sus padres estarían dormidos seguramente, así que no percibirían el inconfundible aroma de la mota fumada desde la azotea para que fueran a impedírselo con sus reclamos estúpidos y moralistas. Caminó descalza por el pasillo oscuro para dirigirse a la escalera y subir a la azotea, cuando oyó un cuchicheo en la recámara principal de la casa y un característico resorteo. En la oscuridad se asomó discretamente a la recámara de sus padres y en penumbras pudo verlos ahí, con Sergio encima de Laura, tapados por las sábanas de la cama, en una rápida y nauseabunda metisaca. Sergio bufaba cansado por el peso de su porcina barriga, y las manos de Laura pasaban de intentar abrazarlo a posarse sobre su boca.

– No hagas tanto ruido, van a oírnos los chicos- decía ella mientras abría las piernas para intentar recibir la abundante mole corporal de su marido intentando introducirle su ridículo pitito. Ana crispó sus puños y sintió que el asco la inundaba. Ver a su madre castamente tapada durante el acto marital y pidiendo silencio le resultaba nauseabundamente hipócrita, cuando aquella vez con el contratista y el ingeniero se abría de piernas obscenamente y clamaba a gritos por ser cogida como la mas vulgar de las rameras y ser orinada como si se tratara un miserable mojón de estiércol al que quisieran deshacer dos niños ociosos a la mitad del campo con sus meos.

A la tarde siguiente, de regreso de la escuela, el asco no había desaparecido aún. Ana no habría cumplido aún los 16 años, pero ya había visto demasiadas cosas en la vida. En su mente, la inocencia era solo un viejo recuerdo. Había ya manoseado varias vergas en los baños de la escuela, y alguna vez hasta llegó a besar y lametear apresuradamente el falo fláccido de uno de sus compañeros; pero aún era virgen… basura virgen. El sonido de una botella de vidrio rompiéndose al caer le sacó de sus cavilaciones. Volteó a su derecha buscando el origen del ruido y encontró a un obeso y sudoroso albañil cuarentón insultando a la madre del novicio idiota que había dejado caer su Coca Cola nueva desde lo alto del andamio.

– ¡Cómo serás pendejo!- gritaba aquel grueso albañil- ¡La acababa de destapar! En cinco minutos quiero que me tengas una nueva o te juro que no le dejaré el gasto a tu puta madre esta noche que me la vaya a coger- y todos los albañiles estallaron en inmundas carcajadas, mientras que el aturdido muchacho se quitaba el gorro de periódico que traía en la cabeza y bajaba rápidamente para ir a la tienda a comprarle nueva bebida al “maestro” de la obra. Albañiles procaces y sudorosos, tabiques y cemento, vulgaridad… bajeza. La entrepierna de Ana se lubricó instantáneamente y los pensamientos se agolparon rápidamente en su mente. “Eres basura” se repetía, y entonces, tras mirar por un momento aquel cuadro, caminó hacia la construcción como una autómata y comenzó a acercarse lentamente a los andamios, mostrando a aquellos obreros atónitos una sonrisa lasciva que ni ella misma se conocía.

Esa noche la pasó en su casa, encerrada en su cuarto, llorando como siempre. No solamente por el dolor en su alma muerta, sino también por el dolor que cubría su cuerpo. Algo de pomada pudo apenas liberarla del tremendo dolor que sentía en su ano y en su maltratada vagina, y el punzar de su cabello -que fue apañado fuertemente para jalarla a tragar entera la verga de uno de los obreros- le seguía haciendo sobarse lastimosamente. ¿Cuántos fueron? Jamás lo supo. Después de que el primero de ellos se le quitó de encima, el segundo la puso a gatas, y así, con la cara al piso, sintió el entrar y salir de vergas de su cuerpo, una tras otra. Escuchar el ansioso bufido de aquellos hombres en su espalda mientras se turnaron para cogérsela la humillaba, le excitaba. Cuando escuchaba a sus compañeras platicar en baja voz enarca de sus primeras experiencias sexuales, ella jamás pensó que su primera vez fuera a ser de esa manera. Sin embargo, una paradójica satisfacción la envolvía: ser basura ya no era solo una idea en su mente, era una realidad en su vida. Ya era igual que su madre.

Arrojé el vaso vacío de café al basurero del pasillo de la sala de espera y busqué con la mirada la identificación del vuelo que abordaría en un rato más. No faltaba mucho para que comenzara el abordaje, así que pronuncié por lo bajo una pequeña mentada de madre a mi perezosa impuntualidad y traté de olvidar la idea de desayunar algo antes de ir hacia el avión. Al mirar hacia el pasillo, vi venir a Ana caminando en la dirección contraria. Se le veía como siempre, escuálida y demacrada, luciendo su clásica ropa de manta, amarillenta y con arrugas por aquí y por allá. Su cabello opaco y pastoso, al igual que su cara apergaminada no reflejaba con justicia sus 23 años de vida. Estando a cuatro pasos de mí, levantó la mirada y me vio, esbozando entonces una sonrisa breve y sin vida.

– ¡Hola, Lobito! ¿Qué haces aquí? ¿De viaje otra vez?

– Claro, ya sabes. Salgo en unos momentos. ¿Tú vas llegando?

– Si, paso unos meses aquí y otros allá, donde sea. ¿Hace cuanto que no nos vemos?

– Mucho tiempo, dos años, quizá.

– Si, dos años quizá. ¿Me invitas una copa?

– No jodas, Ana; apenas son las 11 de la mañana. Además, voy de salida, mi vuelo está ya en abordaje. Pero cuando regrese te llamo.

– Hazlo, necesito hablar contigo.- Nos dimos un breve abrazo y la vi desaparecer entre la gente.

Durante el vuelo, fui recordando una de las últimas veces que Ana y yo nos habíamos visto. Como siempre, ella estaba completamente alcoholizada y bajo los efectos de alguna de las diversas drogas que consumía. Sus ojos parecían las señales de partida hacia un abismo, hacia un viaje sin retorno rumbo a la nada; su expresión embotada era el espejo de su vida entera. La había sorprendido en una de esas, en una de las habitaciones, moviéndose pesadamente sobre una mecedora, masturbándose con la mirada ausente. Sus dedos de movían frenéticos sobre sus labios vaginales, sin emitir sonido de placer alguno, moviéndose mecánicamente sin darse gusto; acariciando, o mas bien, rascando encima de su clítoris, no como si quisiera disfrutarlo, sino como si quisiera arrancárselo con las uñas. Levantó su mirada y se encontró con la mía, que la observaba fría y tristemente; y así, viéndonos sin pronunciar palabra, terminó de masturbarse con un tibio orgasmo que quizá apenas percibió. Sus ojos me llamaban, pedían que sacara yo mi verga y se la clavara; pero no era un llamado pidiendo placer para ella, sino que su mirada parecía decir “espacio disponible, atienda sus necesidades”. Quitó su mirada de la mía, y arreglándose la ropa, pasó a mi lado y regresó a donde todos los demás seguían la reunión. Tal vez menos de una hora después, salio de nuevo hacia la habitación, de la mano de un tipejo que tendría poco de haber llegado, y que por un momento le dedicó una breve sonrisa, para regresar después, primero él y después ella a los pocos minutos después de haber subido. Él intercambió una sonrisa divertida con sus amigos, mientras que ella se acercó a la barra, y tomando la botella de ron, la volteó sobre su vaso y regresó a sentarse y esperar no se qué cosa, sola en medio de todos.

Siempre aborrecí todo relato o toda situación que significara dominación humana. El saber de la existencia de amos y esclavos me parecía insultante, villanamente bajo, contrario a mis ideales y conceptos de salud mental. En mi mente solo cabía la concepción de golpes, palabras fuertes, negación de la dignidad, violencia y todas esas cosas que los neófitos ven en ello, como parte de aquellas cosas que resultan mas vistas en los textos, películas y demás publicaciones acerca del tema. Recuerdo sonriendo la forma tan grosera con que respondí a una novia durante nuestra primera cita, cuando me mostró encantada una película de dominación en una tienda de discos. Pero afortunadamente lo hice, y de ahí todo llegó como de golpe.

– No te gustan esas historias porque son para ti como un espejo, pues te gusta dominar en todo. Lo que no soportas es vivir así, sin asumirlo y ver que otros sí lo hacemos y somos concientes de lo que somos y de lo que nos gusta. Hay violencia y humillación verdaderas en las relaciones llamadas “normales”, pero se critica nuestro estilo de vida simplemente porque es honesto y acepta abiertamente aquello que todos los demás hacen, pero niegan.-

Meses después, el exceso de trabajo me alejó de ella, y tuve así que liberar a la que fuera mi primera sumisa; no sin tristeza, no sin nostalgia. El trabajo me requirió tomar un avión para visitar a un prospecto a cliente, y justo esa vez fue donde vi de nuevo a Ana. Al regresar a México, la penumbra del bar de un Sanborn’s cobijó los tragos de Whisky que Ana y yo bebimos durante varias horas, y fue ahí cuando el triste pasado de Ana apareció abrumadoramente ante mí, golpeándome de manera brutal e inmisericorde. Después de esa vez, pasaron varias semanas sin saber de ella nuevamente.

Era el principio de 2004 y estaba yo aún lamentando el ineludible final de mi historia con Tanya. Nada me pareció en ese momento mejor que ir a espabilarme un poco y dejar de pensar en todo lo que fue y no pudo seguir. En la penumbra de aquel sitio a donde Ana me invitó, el ambiente no podía más que ser lo opuesto a lo que en un principio yo quería. Menos mal que lo que sonaba en ese tugurio fuera un viejo tema de Metallica; de lo contrario me hubiera sentido completamente ajeno a ese lugar, el cual no dejaba de ser grotesco. Teníamos todos ahí muchas cosas en común; la música pesada, el placer por ambientes fuertes y el gusto por el Tequila derecho, sin aceptar la mariconada de mezclarlo con refresco. Lo que no compartíamos era la vocación de vivir bien, de creer en una vida mejor, y entre ellos estaba ella. No me importaba; el ambiente valía la pena mientras a mí me diera lo que me apetecía, lo demás poco tenía de valor. Si ellos querían vivir con la meta de sentirse escoria, era muy su problema mientras a mi me divirtieran sus palabras y sus teatrales desplantes de supuesta rebeldía. Bebí un generoso trago de mi Tequila y miré al fondo de la sala a un puñado de chicas sonriendo encantadas ante los inventos y fantochadas de un pobre energúmeno alardeando de mil y un hazañas. En mi mente trataba de adivinar quién sería la primera de ellas que le ofreciera su trasero, creyendo los fantasiosos alardes de aquel tipejo, cuando Ana se me acercó a mí por detrás, bebiendo su consabido aguardiente barato.

– Lobito, ¿Por qué nunca me has cogido?- Me dijo después de beber un generoso trago y tras haber hablado de dos o tres nimiedades.

– ¿Porque nunca lo has provocado?- le respondí secamente como si habláramos del precio actual de alguna verdura y di otro sorbo a mi vaso, deleitándome con el sabor y ardor que deja un buen licor en la boca y garganta y en la facilidad con que se presentaba todo para mis planes.

– Siempre he estado dispuesta, creo que lo sabes bien. Creo que al menos alguna vez la hubiéramos pasado bien.

– No pregunté si estás dispuesta o no, pregunté por qué nunca lo has provocado.

– ¿Qué mas provocación quieres? Mi cuerpo está siempre dispuesto para ti.

– Me vale madres cómo esté tu cuerpo, lo que importa es que alimentes mi deseo, que mi deseo lo hagas tuyo- dije, enfilando el diálogo hacia el inexorable destino que ya había yo definido.

– Lobito… me conoces desde siempre. Sabes que si quieres soy tuya.- dijo, y yo sonreí para después dirigir una feroz mirada a ella.

– Si eres mía entonces compórtate como mía.- Ana abrió sus ojos sorprendida.

– ¿Y… qué hago?

– Eres tan mía como lo eres de cualquiera, excepto de ti misma. Sé de ti misma, sé tú misma y serás realmente mía. Primero sé lo que pareciera que eres, pues es lo que yo quiero de ti.

– ¿Y qué pareciera que soy?- dijo pesadamente.

– Una mujer hermosa y chingona, eso pareces; una verdadera cabrona que nació para triunfar y ser feliz. Ahora, si eres mía, calla hasta que se te indique lo contrario y tráeme más de beber.

Ella asintió y tomando mi vaso solamente respondió. – Si, ok, está bien.

– Si, mi Amo- le corregí enfáticamente, y ella tras mirarme fijamente unos segundos, bajó la mirada, sin que nadie se lo enseñara, sin que nadie se lo pidiera, simplemente comprendiendo. Ana tomó mi vaso, y musitó: – Si, mi Amo.

(Continuará)

* Historia contada con conocimiento y autorización de la protagonista*

AUTOR,  El Andariego

FUENTE  http://www.todorelatos.com/relato/47793/

PRIMERA PARTE AQUI,    Ana y el lobo (1)

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