INCESTO: DIARIO AMOROSO (Fragmento) ANAÏS NIN

Definitivamente un libro solo para ojos Bedesemeros.

“Extasiado su rostro, y yo frenética por el deseo de unirme con él… ondulándome, acariciándolo, pegada a su cuerpo. Su espasmo fue tremendo, con todo su ser. Se vació por entero dentro de mí… y mi entrega fue inmensa, con todo mi ser, sólo con aquel rincón de miedo que me impedía el supremo espasmo.

Entonces quise dejarlo. Todavía, en alguna región de mi ser, una repugnancia. Y él temió mi reacción. Quise echar a correr, dejarlo. Pero lo vi tan vulnerable. Había algo terrible, impulsivo, al verlo allí, tendido de espaldas, crucificado, y sin embargo tan poderoso. Y recordé que en todos mis amores hubo siempre un rechazo, que yo temía tanto. No podía herirlo con mi huida. No, no después de tantos años del dolor causado por mi último rechazo. Pero, en este momento, después de la pasión, tenía que, por lo menos, retirarme a mi habitación, quedarme sola. Me sentía envenenada por esta unión. No podía gozar de su esplendor, de su magnificencia. Un sentido de culpa pesaba sobre mi alegría, y continuaba pesando, pero no podía revelárselo. Era libre —apasionadamente libre—, con más años y más coraje que yo. Aprendería de él. ¡Sería por fin humilde y aprendería algo de mi Padre!

Me fui a mi cuarto, envenenada. Soplaba incesante el mistral, seco y cálido. Así llevaba días, desde que llegué. Destrozaba mis nervios. No pensé en nada. Me sentía dividida, esa división me mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. Tenía la esencia de su sangre dentro de mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez en John, la compasión en Allendy, las abstracciones en Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo en Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!
Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno…”

Simon Vouet (Las hijas de Lot)

Las hijas de Lot (Simon Vouet)

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