Te Envuelve, Te Ofusca, Te Polariza, Así Es La Belleza Del Sufrimiento En Una Sesión De Shibari.

Vale la pena leer cada renglon. Este es el Shibari que mataria por sentir.
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ESCRITO POR
Noemí Casquet
6 febrero, 2017
 
La primera vez que vi una sesión de shibari sentí un cosquilleo en el estómago. Lo que parecía el mundo real para todos los que estábamos allí, se había difuminado para las dos personas que protagonizaban ese instante. Supe que en algún momento de mi vida, tenía que hacerlo, tenía que estar al otro lado.
 
Y ahora estoy aquí. O allí. No sé dónde estoy. De dónde vengo. A dónde voy. Si estoy boca arriba o boca abajo. Si la sangre fluye o está quieta, expectante, burbujeante. Siento un dolor abrasador en mi pierna derecha. ¿Por qué me haces esto? Por qué. Una dicotomía interna engloba todo mi (no) ser, lo que ahora no soy, lo que no llego a comprender. Entre el odio y el amor más puro que he notado jamás. No lo puedo aguantar más. Pero vamos, aguanta un poco más.
 
Al llegar Alberto me sirve una taza de té verde caliente en un bol redondo muy curioso. Estoy en su piso, en pleno centro de Barcelona, y desde el sofá soy capaz de vislumbrar los entresijos de la ciudad. Alberto me sonríe y se sienta a mi lado. Acaricia su espesa barba canosa que le tapa gran parte del cuello, mezclándose con su pelo rizado y gris que constata sus 58 años. Al rato me doy cuenta que ese gesto acompaña gran parte de su comunicación. Y entre tanto, se asoman unos ojos marrones brillantes, que reflejan bondad y te miran fijamente mientras hablas. Sin pestañear.
 
Alberto ató a la primera víctima siendo muy pequeñito, con 10 años, mientras estaba en el patio de su casa jugando a los ‘indios’ con su prima. Le ató las manos para que no escapara y entró su tía. “Tuve la sensación de estar haciendo algo malo”, me comenta. Ahí nacieron sus primeros instintos como atador. Esto ha acompañado a Alberto a lo largo de su vida, hasta que hace más de 10 años, descubrió el shibari.
 
 
 
El shibari es una práctica japonesa de bondage (la traducción literal de la palabra es ‘esclavitud’ pero también denomina juegos sexuales con ataduras). El movimiento se localiza en Japón, cuya cultura está muy relacionada con las cuerdas. En la antigüedad, cuando alguien cometía algún delito, su castigo era la exposición en público, atando a la persona según su falta y su clase social. Esa pulsión intuitiva de atar, era algo que en occidente se realizaba con un fin sexual. A finales del siglo XIX, cuando los japoneses fueron influenciados por la sexualidad occidental, nació el shibari.
 
En España, el movimiento empezó en Barcelona hace 12 años, gracias a Kurt, fundador del Club Rosas 5, el local referente en la ciudad condal; y organizador de la primera clase de shibari con Mathias Grimme. Años más tarde, Osada Steve, un alemán que había estudiado dicha práctica en Japón, ideó un método docente para los occidentales, ya que los japoneses no enseñaban: si ellos te admitían, aprendías mirando.
 
 
Pero, ¿cuál es el vínculo del shibari con el sexo? “Debemos diferenciar la práctica de la sexualidad”, me dice Alberto. Se acaricia la barba. Procede con el diálogo. “La sensación sexual genital se olvida y creas en la persona atada una narración de emociones. Se produce muga, una palabra japonesa que significa “un estado de presente continuo”, produciéndose debido a las actividades de flujo, algo que se consigue únicamente cuando lo que haces es difícil y satisfactorio a la vez”.
 
Estoy de pie, encima de una alfombra de pelos. El día está nublado y llevo una camisa rosa palo de Alberto y un conjunto de lencería en verde oscuro. Respiro. Cierro los ojos para intentar una inmersión sensacional fuera de la realidad. Algo que muchas personas han experimentado durante el shibari: el trance. Alberto me toca, me mueve, me sacude y me masajea la espalda para que me relaje. Soy consciente de la entrega que debo realizar, la sumisión total a una persona en la que no me queda otra que confiar. Tiene mi vida en sus manos, un pequeño fallo y podría causar secuelas graves en mi cuerpo.
 
Actualmente, el shibari está de moda. Por eso, cada vez son más las personas que se acercan a descubrir esta nueva práctica y se atreven a realizar suspensiones. Agustín Tentesion es fotógrafo y lleva más de 13 años capturando momentos entre cuerdas. “La gente se ha empezado a interesar por el shibari en los dos últimos años, y eso es debido a que muchos maestros japoneses han emigrado a Europa para ganarse la vida enseñando esta práctica”. Este fenómeno se localiza en Barcelona siendo una de las ciudades referentes a nivel europeo. “Todo el mundo quiere hacerlo, simplemente para tener su foto de perfil en plan ‘jamón atado’. No entienden la filosofía del shibari, lo que hay detrás”. Jordi Lucena, actual propietario del Club Rosas 5, me confirma todo lo anterior. “El shibari es un arte tradicional que debe ser enseñado de maestros a alumnos, como un arte marcial”.
 
 
 
“¿Sinceramente? Es una práctica que no te recomendaría, Noemí”. Me vienen a la cabeza las palabras del Dr. Torres. “Con el shibari puedes padecer accidentes menores como heridas, hematomas o flictenas (ampollas) si hubiese mucho roce. Al ser posiciones forzadas, a nivel articular podría provocar dolor. Algo un poco más grave es la compresión de algún nervio y que desencadenara una neuropraxia neuronal, es decir, que dejes de notar el brazo o la pierna por un tiempo determinado”, me explicaba.
 
Pero eso no es todo: “Al estar boca abajo mucho rato, modifica los volúmenes corporales y se podría dar una congestión venosa cerebral. Puede que tengas problemas neuronales desconocidos y que surjan con la presión sanguínea elevada. Y finalmente, al tener estancada la sangre por las cuerdas, se puede provocar un trombo y que quizás podría emigrar al pulmón, al cerebro o al corazón”. Trago saliva. Dónde coño me he metido. “Lo más importante es el factor tiempo y sobre todo, que lo realice una persona que conozca el cuerpo humano”.
 
Intento relajarme. Empiezan las primeras sensaciones. La cuerda de yute me quema cuando me acaricia por primera vez, pero libera en mí un sinfín de emociones que no podría clasificar. La voz de Nick Cave acompaña mis sentidos, apaciguados por la creciente energía de Alberto. Agacho la cabeza, como un perro fiel. Siento las cuerdas firmes, tirantes, incesantes alrededor de mis brazos. Puedo ser consciente, por primera vez, de los límites de mi cuerpo, del horizonte que separa mi masa del espacio.
 
 
La cuerda tira hacia arriba y no tengo otra opción que seguirla. Me separo del suelo. Floto, en la inmensidad más profunda del universo. Me embriago del dolor que me recuerda que estoy viva. Aquí. Ahora. Y cuando estoy perdida en mi sufrimiento, sin saber a dónde ir, percibo los brazos de Alberto, que me abrazan y me alivian inmediatamente de la angustia. Siento amor, el amor más puro que jamás había experimentado.
 
Es él, capaz de calmar las heridas que me provocan las cuerdas, la aflicción de esta desconexión terrenal. Y es él, capaz de resurgir mis impulsos de rabia cuando me deja, de nuevo, con mi copiloto en este viaje: el dolor. Ying y Yang. El equilibrio y la dualidad que me lleva al éxtasis más sublime que había experimentado, sin tocar ni tan siquiera mi cuerpo; con tan solo estar nuevamente sentada en el suelo. Y en mi mente hay placer, el clímax más intenso y largo, el sosiego de mitigar el dolor. Lo noto en mi cabeza y quiero gemir, alto y claro, como un orgasmo que cura las heridas que palpitan en mi piel. Pero las palabras no me salen. Yo ya no estoy ahí.
 
 
Alberto me despierta con dulzura, justamente cuando termina la música. Recuerdo una canción de Héroes del Silencio, “si la primera mirada es la que vale, eso ya lo enseñan las madres”. Le miro a él, dejando entrar poco a poco la luz. No sé cómo expresar lo agradecida que estoy de haberle tenido a mi lado durante este viaje. Le abrazo. Muchas veces. Y observo Barcelona a mis espaldas, a través de la ventana, percatándome acto seguido de que estaba completamente desnuda.
 
“Lo que estás notando ahora son tus receptores cannabinoides endógenos, que se manifiestan, entre otras cosas, cuando hay una intoxicación de THC [el principal componente del cannabis]”, me dice Alberto. En 2015, la Universidad de Oxford decidió estudiar el ‘subidón’ que experimentan los corredores, conocido como ‘runner’s high‘. Siempre se había creído que era causado por las endorfinas, pero descubrieron que había unos receptores que eran los responsables de ese estado de felicidad, como el estado de trance. Se activan después de un ejercicio muy intenso y, como me explica Alberto, “debemos tener en cuenta que en el shibari supone un desgaste muy elevado para nuestro cuerpo”.
 
Con una torpeza sorprendente, me siento en el sofá con el kimono que Alberto me había dejado. Intento volver. De donde quiera que haya estado.“Has aguantado como una profesional, me has sorprendido. La sesión ha durado 97 minutos. Aunque eres muy silenciosa, no te has quejado ni un momento”, me dice Alberto, y le pregunto si mi silencio es algo positivo o negativo. “A mí, personalmente, me gusta que la persona a la que ato haga ruidos porque me da ciertas pistas de hacia donde tengo que ir”.
 
Me pregunto qué es lo que tiene el shibari que es capaz de transportarte tan lejos. Y, sin darme cuenta, hallo la respuesta en las palabras de Alberto: “Cuando vamos a la iglesia y vemos esos cuadros con el Cristo crucificado y esas caras de dolor, estamos observando arte. Tenemos más de 600 años de imaginario del sufrimiento, reflejadas de un modo artístico gracias al Barroco. El shibari no deja de ser lo mismo. Lo que te envuelve, te ofusca, te polariza; eso, es la belleza del sufrimiento”.
 
Crédito de las imágenes: Mara Blackflower
 
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